Hace 6 años, mientras hacía mi tesis, observaba como de alguna forma las empresas se farreaban una oportunidad sin igual de generar valor e innovar a través de la inversión en productos y procesos más limpios, verdes, sustentables en el tiempo y sin depredar las riquezas naturales de un país privilegiado en ese sentido como lo es el nuestro.
¿Y el gobierno? Bien, gracias. Las sustentabilidad y la protección medioambiental no mueven votos acá, así que no es tema.
Hoy no veo cambios, y ya se vuelve preocupante. Tarde o temprano todo se acaba, y el cobre, las pesquerías y los árboles no son excepción.
¿No es acaso el momento de “incentivar” a la industria a transformarse en generadores de valor? Y no sólo eso, porque un subproducto de esto es la imagen internacional la formación de clusters comerciales poderosos, el aumento de la competitividad y mucho más. Invirtamos como país en I+D, modernicemos nuestras regulaciones, creemos organismos de auditoría; incluso subsidiemos la transformación tecnológica y cultural que necesitamos.
La protección medioambiental no son protestas e iniciativas aisladas. Es un cambio cultural y una evolución macroeconómica. Es tiempo.
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